El 20 de abril amaneció cargado de sorpresas. No solo era el cumpleaños número siete de Evalú, sino que algo en el aire olía a nuevo. La fecha también coincidía con el Domingo de Pascua y toda la familia había planeado una celebración especial en el hotel Hyatt, recientemente inaugurado. El sol brillaba sobre la ciudad de Panamá con una suavidad especial y la brisa traía mensajes que no se podían leer, pero sí sentir.
Evalú llegó con sus abuelos paternos desde la ciudad de Santiago, en donde había ido a celebrar el cumpleaños de un primo. Se le veía contenta, hasta emocionada, de reunirse y recibir las felicitaciones de sus papás y el resto de la familia. También algo presurosa, notó Monini, por ingresar al hotel.
«Las puertas eléctricas se abren solas y eso a Eva ni la sorprende. De hecho, hasta lo espera» pensó Monini. «No deja de asombrarme cómo los niños asumen todo lo moderno con total naturalidad».
Ya en el restaurante del hotel y ubicados en su mesa, todos fueron a explorar qué sorpresas culinarias ofrecían. Y las opciones eran todas deliciosas: panes, frutas, platos calientes y una mesa de postres decorada con conejitos y otros animalitos, flores y huevos de Pascua de todos los colores.
El hotel había organizado la tradicional búsqueda de huevos, y anunciaron que quien encontrara el huevo más especial, el de color blanco, ganaría un premio sorpresa. Evalú corrió, escudriñó, buscó entre los cojines de los asientos, debajo de las mesas y sofás, entre las plantas en las macetas y, de pronto, gritó:
—¡Aquí está! —En sus manos sostenía el único huevo de color blanco liso, en contraste con todos los demás que estaban decorados. ¡Había ganado el concurso!
Tras el almuerzo y camino a dejar a Monini a su casa, Evalú, sentada a su lado, miraba por la ventana cuando de pronto preguntó:
—Abuelita… ¿tú no me has dado regalo?
El silencio duró apenas un par de segundos. Papá, Mamá y Monini rieron.
—¡Pero claro que sí, mi princesa! —respondió Monini con dulzura—. Te deposité cien dólares en tu cuenta de ahorros. ¡Para que te compres lo que tú quieras!
Evalú sonrió, pero en su expresión había una sombra de duda y su carita no mostraba la misma alegría de antes. Miraba el cielo como si buscara algo más. Por primera vez recibía dinero en su cuenta en vez del montón de regalos envueltos en papel colorido y moños vistosos que Monini siempre le regalaba. No estaba segura de si esto que sentía le agradaba o no. Pero, sin lugar a dudas, era una sensación nueva.
—Evalú —dijo Monini mientras le acariciaba el cabello y le daba un beso de despedida—, ¿qué puedes hacer hoy que no podías hacer hace un año?
Evalú la miró con la boca abierta y la mente revuelta. ¿Una adivinanza por regalo?
—¡Abuelita! Eso es una pregunta difícil.
—Tal vez, pero no necesitas responderla ahora. Eso sí, está pendiente porque tal vez pronto, alguien pase a visitarte para ayudarte a contestarla. —Monini le dio un último beso de despedida y le deseó que terminase de pasar un espléndido cumpleaños.
Más tarde y ya en casa, mientras se balanceaba en una de las hamacas en su terraza, Evalú se distrajo mirando unas mariposas que pasaban volando. Una en particular llamó su atención; era tan brillante que evocaba pedacitos de sol y cielo.
—¡Qué bonita eres! —le dijo Evalú sin esperar respuesta.
Y entonces ocurrió: la mariposa pareció entenderla y, en lugar de volar lejos, se posó con sus alas multicolores sobre su hombro. En ese instante, todo alrededor cambió. Los dos pinos de su jardín, como guardianes antiguos, se hicieron más altos, los colores más vivos, y el aire olía a tierra mojada, aunque no había llovido.
—Hola, Evalú —le respondió la mariposa—. Soy Mara Villosa. Me envió Monini para llevarte al lugar donde viven las respuestas. ¿Vienes conmigo?
Incrédula y sin atreverse a mover un músculo para no espantar a la mariposa, las voces internas de Evalú no paraban de susurrarle que las mariposas no hablan. «Las mariposas no hablan. Yo sé que las mariposas no hablan» se repitió una y otra vez en lo que sintió como un segundo eterno. Sin embargo, la curiosidad pudo más que el miedo y asintió. Que la mariposa conociera a Monini le inspiró confianza.
Mara Villosa aleteó con delicadeza y voló hacia los pinos. Un destello los atravesó y, al cruzar entre ellos, todo desapareció, reemplazado por un bosque frondoso, vibrante, fresco, con aromas de esa tierra mojada cuyo olor había sentido antes.
Había llegado… al bosque.

—¡Hola, Evalú! Como te dije antes, me llamo Mara Villosa y Monini me envió a buscarte. Te estábamos esperando. ¡Bienvenida a tu bosque!
—¿Me estaban esperando? ¿Quiénes?
—Tus amigos del bosque. Hoy es tu día… pero también tu comienzo.
—¿Mi comienzo?
—Sí. Hoy comienzas a ver lo invisible. Lo que ya está en ti, pero que a veces olvidamos mirar. Estás en la Pradera de las Mariposas.
Por ahí también estaba Alejo Bombones, un joven conejo con moño en el cuello y canasta de huevos pintados.
—¡Feliz cumpleaños y feliz Pascua! —gritó—. Este también es mi día. Hoy recibiste un huevo especial: el huevo blanco. Pero te tengo otro regalo: ¡ven a conocer a mis amigos!
Pronto llegó Zac A. Corchos, un joven ciervo elegante que hablaba bajito y con ojos tan dulces que parecían contar historias sin hablar.
—Hola, Evalú. Ven, caminemos lento, como quien escucha con los pies.
Zac A. Corchos le habló de cómo había aprendido a sentir sin esconderse, a llorar sin vergüenza, y a quedarse quieto, a escuchar sus latidos, a no salir corriendo por cualquier susto.
—¿Eso también se aprende? —preguntó Evalú asombrada.
—¡Claro que sí! Aprender no es solo sumar y restar o leer y escribir… también es sentir.
Evalú se sorprendió:
—Yo antes no podía quedarme callada mucho rato… pero ahora a veces lo hago. Y me gusta.
—Entonces, ya puedes hacer algo que antes no podías —dijo Zac A. Corchos.
Rieron juntos. De pronto, del arbusto salió dando volteretas un animalito de pelaje travieso. Ese revoloteo de hojas trajo a Esteban Dido Risueño, el mapache más inquieto y bromista del bosque.
—¡Evalúuuuu! ¡Feliz cumpleaños! ¡Vamos a jugar!
—Hoy no vine a jugar —dijo Evalú, sonriendo con ternura—. Vine a pensar la respuesta a una pregunta y parece que también a conocer ¿“mi bosque”?
Esteban Dido Risueño frunció la nariz.
—¿Pensar? ¿En tu cumpleaños? Eso suena aburrido. ¡Juguemos a adivinar la respuesta sin pensarla!
—Sí. Estoy descubriendo cosas que puedo hacer hoy, que antes no podía.
—Bueno… pensemos juntos.
Al ver que sus bromas no lograban distraerla, Esteban Dido Risueño se rascó la cabeza, la miró con cara de «eso suena complicado» y se sentó callado a su lado. Y escuchó. Y, sin saber por qué, también aprendió algo nuevo: era la primera vez que escuchaba con todo el cuerpo.

Al caer la tarde, Evalú se sentó bajo el gran árbol del bosque. Cerró los ojos y pensó: «Este año me fue muy bien en la escuela y aprendí a leer y escribir sola. A nadar y hasta a hacer clavados. A elegir qué peinado quiero. A montar patineta y contar chistes nuevos. A no llorar si pierdo en los juegos de mesa. A ahorrar. A hablar un poquito en italiano. A pensar antes de hablar. Ah, y ahora también soy cinturón amarillo en taekwondo. ¡Me gusta aprender!»
Abrió los ojos y sintió una calidez en el pecho. Una sonrisa se dibujó en su rostro. El bosque parecía sonreír también.
Había respondido su pregunta.
Ni cuenta se dio, cuando Mara Villosa la condujo, desde los suaves senderos del bosque, de vuelta a la hamaca en su terraza. Había anochecido, la brisa era suave y los pinos susurraban como si supieran su secreto.
Justo en ese momento, recibió una videollamada de Monini en el celular de su papá.
—Y… ¿encontraste tu regalo? —le preguntó.
—Sí, abuelita. Me regalaste un bosque. Y en el bosque encontré amigos nuevos. Y ellos me ayudaron a encontrar la respuesta a tu pregunta. Ya sé todo lo que puedo hacer hoy que antes no podía. Pero lo mejor que aprendí es que me gusta aprender. Ah, y algo más…
—¿Qué, mi amor?
—A vivir aquí y ahora. Porque si me paso pensando en lo que no sabía antes, me siento chiquita. Y si me preocupo por lo que no sé todavía, me asusto. Pero si miro todo lo que sí sé hacer hoy… me siento fuerte.
—Y eso no lo compro ni con cien dólares ni con ningún huevo de Pascua.
—Abuelita, para lo que todavía no tengo respuesta es para saber cómo hiciste para que la mariposa y los otros animalitos de ese bosque me hablaran.
Monini soltó una carcajada.
—Esa es pregunta para otro día, Evalú.


