¡Atención! ¡Atención!

En casa de Evalú, el jueves 24 de abril amaneció con el aroma de café recién colado y de arepas con queso como solo las sabía preparar la nana. Ya bañada y vestida con su uniforme escolar, bajó contenta a desayunar con su mamá y con Monini, que se había quedado a dormir ahí la noche anterior. Ya las escuchaba conversar sobre los preparativos para su fiesta de cumpleaños, que sería al día siguiente.

—Buenos días —dijo, repartiendo besos y sentándose con ellas en el comedor.

—Buenos días, Princesa. Has despertado temprano. Cuéntame, ¿ya elegiste el sabor para tu pastel, Evalú? —preguntó Monini.

—¡Capibara de chocolate! —respondió entre risas—. Bueno, el pastel no es de capibara, pero quiero que tenga uno dibujado.

Todas rieron. Minutos después, Evalú se sustrajo de la conversación: con la mirada en lo lejos, parecía concentrada en pensamientos que solo ella conocía.

—¿En qué piensas, mi niña? —le preguntó su mamá.

—En que todo esto me hace feliz, pero… hay personas que tienen días tristes y uno ni se entera. Ayer mi maestra estaba como molesta. Espero que hoy esté más contenta. A veces la gente parece estar bien, pero uno siente que por dentro no lo están tanto.

Monini la miró con ojos tiernos y profundos.

—Eso que dijiste, Evalú, es muy importante. Muchas veces, la gente necesita algo que no se ve.

—¿Como qué?

—Esa será mi pregunta para ti hoy, Evalú: ¿Qué necesita la gente que le demos aún más?

Evalú la miró con sorpresa. Esa no era una pregunta cualquiera. Era de esas que pueden tener muchas respuestas y todas correctas.

—No lo sé, Monini… pero lo voy a averiguar.

Como le quedaba algo de tiempo antes de que la pasaran a recoger para ir al colegio, subió corriendo por su piedrita mágica, la apretó entre sus manos, cerró sus ojos y elevó con fuerza su pregunta.

A su llegada, una brisa juguetona le revolvió el cabello, dándole ánimo. El bosque estaba bañado por una luz dorada que parecía flotar entre las hojas. Empezaba a parecer costumbre no reconocer de inmediato dónde estaba, y concluyó que este bosque de ella debía ser enorme.

Avanzó hasta un claro distinto. En el centro, un árbol inmenso se alzaba por encima de todos. Su tronco era grueso, cubierto de musgo. De sus ramas colgaban bejucos, corteza tallada, piedras pintadas, cintas y dibujos antiguos. Como un museo sagrado.

—¡Hola, Evalú! —dijo una voz desde atrás del tronco.

Era Inés Crupulosa, la zorra, con su mirada alerta y su elegante cola bien recogida a su costado.

—¡Inés Crupulosa! ¿Dónde estamos?

—Bienvenida al Árbol del Recuerdo —respondió con solemnidad—. Aquí venimos cuando necesitamos recordar algo importante… o cuando ese algo necesita ser recordado por nosotros.

—¡Hola, Eevaluuuuú! —canturreó Esteban Dido Risueño, el mapache, colgando de una rama baja con su pelaje despeinado como siempre.

—¿Tú también vienes aquí? —preguntó Evalú.

—Mmm… vine porque me perdí —admitió—, pero eso me pasa por mirar sin ver, dice ella… y creo que tiene razón.»

—¿Y no tengo razón? —ripostó Inés Crupulosa—. Este lugar es para quienes quieren ver lo invisible.

—¿Quién puso todo esto en el árbol? —preguntó Evalú.

—Cada quien deja aquí un recuerdo valioso. Algo que no quiere olvidar. Porque hay cosas que ayudan a entender a los demás… si las recordamos.

—¡A mí me cuesta eso! —admitió Esteban Dido Risueño con sinceridad—. Yo quiero mucho a los demás, de verdad. Pero muchas veces ni me doy cuenta si están tristes, o molestos, o si necesitan algo. Y cuando trato de adivinar, meto la pata.

—¡Ay, Esteban Dido Risueño! Tú ves el bosque como si todo estuviera bien… mientras no te caiga algo de encima.

—Justo por eso estoy aquí. Monini me hizo una pregunta difícil: ¿Qué necesita la gente que le demos aún más?

—Esa pregunta no tiene una sola respuesta —dijo Inés Crupulosa—. Pero sé quién puede ayudarte a mirar más profundo…

Evalú la miró, asombrada de que la zorra hubiera llegado a la misma respuesta que ella le había dado a Monini un rato atrás.

—¿Quién?

—Otto Reposo —se adelantó a contestar Esteban Dido Risueño.

Justo entonces, una figura imponente se acercó a ellos. Su andar era pausado, pero cada paso parecía retumbar en ese claro del bosque. Sus ojos, semicerrados, no perdían detalle de lo que ocurría a su alrededor. Era Otto Reposo.

—¿Están hablando de mí o me lo imaginé? —dijo con voz grave y suave.

—Evalú quiere entender qué necesita la gente que le demos aún más —explicó Inés Crupulosa—. Pensamos que tú podrías ayudar.

—Esa pregunta se debe sentir —reflexionó—. Les propongo un ejercicio.

—¿Como en la escuela? —preguntó Evalú.

—No. Uno de percepción. Vamos a caminar alrededor del árbol. Cada uno escogerá un objeto. Luego, me dirán qué creen que ese recuerdo quiere que sintamos hoy. Les advierto —dijo Otto Reposo—: lo más humilde puede guardar el mensaje más profundo.

—¡Eso suena… enigmático! —dijo Esteban Dido Risueño.

—Y serio —añadió Inés Crupulosa—. Porque el corazón no puede ver si no sabe observar.

Caminaron en silencio. Evalú se detuvo ante un pequeño botón de chaqueta, colgado por un desgastado hilo rojo de una rama baja, como si temiera caer.

—Este —dijo con respeto.

—¿Qué crees que nos quiere recordar?

—Creo que fue de alguien importante. Este botón me recuerda que la gente necesita que le demos… atención. De verdad. No solo decir «ajá» mientras pensamos en otra cosa.

—¡Qué buena memoria para lo invisible tienes, Evalú! —dijo Inés Crupulosa.

Otto Reposo miró a Esteban Dido Risueño.

—¿Y tú?

—Esa piedrita gris me da nostalgia. Me recuerda cuando uno quiere llorar, pero se aguanta. Hay gente que necesita que le demos permiso para sentirse triste.

—Hermosa respuesta —murmuró Otto Reposo.

—Y esa hoja seca —dijo Inés Crupulosa— me recuerda que la gente necesita que le demos tiempo. Tiempo real.

Otto Reposo cerró los ojos un instante.

—Han dicho tres verdades profundas… y entrelazadas.

Entonces, desde una rama alta descendió Alma Naque, cuyo sueño se había visto interrumpido con toda ese parloteo bajo el árbol.

—Disculpen, ¿puedo intervenir? —dijo con voz pausada—. No pretendía entrometerme, pero desde mi rama no pude evitar escucharlos y quisiera añadir algo.

—¿Tú también elegiste un objeto? —preguntó Inés Crupulosa.

—Sí. Uno invisible. Es lo que flota después de una conversación como esta. Han hablado de atención, tiempo, y permitir sentir. Todas son formas de dar algo esencial: presencia.

—¿Presencia? —repitió Esteban Dido Risueño.

—Sí. Estar ahí de verdad. Con el corazón. Y eso se logra con la mirada, el silencio atento y el cariño sin condiciones. Pero hay una línea fina —continuó Alma Naque— entre estar presente y estar encima. Entre observar con interés… y meter la nariz donde no nos llaman.

—¿Como ser metiche? —preguntó Evalú con una sonrisa pícara.

—¡Excelente, Evalú! Ser empático no es adivinar ni invadir. Es estar disponible, si el otro quiere hablar. Y eso se aprende —añadió Alma Naque—. Escuchando a los demás… y a uno mismo.

Todos quedaron en silencio. Alma Naque se despidió con un bostezo y alzó vuelo para continuar durmiendo. Evalú miró a Otto Reposo, a Inés Crupulosa, a Esteban Dido Risueño… y al botón de chaqueta.

—Creo que ya sé qué necesita la gente que le demos aún más —susurró—. Presencia verdadera. Que los escuchen. Que los miren. Que alguien esté ahí… solo para acompañar. A veces, lo más importante es simplemente… estar.

La brisa cambió de dirección. Era la señal. En un parpadeo, estaba de vuelta en su cuarto, justo cuando escuchó el pito del carro que venía a recogerla.

—Apenas regrese, tengo que contarle a Monini.

Moraleja:

«Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego».

León Tolstói

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