El lunes 21 de abril comenzó como un día cualquiera, pero en la mente de Evalú algo no se sentía igual; hervían preguntas poco comunes. Aún medio dormida, recordó todo lo vivido el día anterior. Su cumpleaños fue tan especial: la celebración de Pascua, el brunch familiar, la búsqueda del huevo blanco y, por supuesto… el bosque, que al llegar la noche, cayó rendida de sueño apenas su cabeza tocó la almohada. No alcanzó a contarle nada a nadie.
Abrió los ojos de golpe, como si su corazón hubiera seguido despierto toda la noche. Sentía una mezcla rara; estaba llena de energía, pero al mismo tiempo, preocupadísima.
«¿Habrá sido un sueño?», pensó. «¿Y si lo había soñado todo? ¿La mariposa que hablaba, los animalitos, el bosque, la piedra del claro…?»
Sentada un momento en la cama, su cerebro la llenó de más preguntas:
«¿Se lo cuento a papá y mamá? ¿Me creerán? ¿Y si se lo cuento a mis compañeros de clase? ¿O solo a Mariví? Seguro se reirían… bueno, no todos. Pero algunos sí. Mariví… ella es mi mejor amiga, pero igual podría pensar que todo esto es un invento».
«¿Y yo qué haría si alguien me contara algo así? Tal vez tampoco lo creería. Y sí, también me reiría… aunque sin querer porque burlarse está mal. Nunca es bueno burlarse de las personas… ¿Qué hago?»

Se levantó de un salto, sacudiendo esos pensamientos como quien se quita el sueño de encima. Todavía en pijama, bajó apresurada a la terraza y se dirigió rauda y veloz a los pinos que flanqueaban el fondo de su jardín. La noche anterior había entrado al bosque a través de ellos, guiada por Mara Villosa, la mariposa brillante que hablaba.
Rodeó los pinos, los observó desde todos los ángulos, los acarició con las palmas abiertas, como si pudiese descubrir con el tacto una entrada invisible. Se agachó, levantó piedritas, tocó la corteza, esperó algún destello o sonido, cualquier señal de acceso.
Pero nada. Ni una ramita se movía de manera diferente. Tampoco había brisa que la impulsara adentro del bosque.
—Tal vez… fue solo mi imaginación. —susurró para sí, aunque parte de ella se resistía a creerlo o negarlo del todo.
Resignada, por el momento, volvió al interior de la casa, se bañó y vistió con su uniforme de colegio, desayunó en silencio y se despidió con un beso apurado, apenas a tiempo cuando pasaron a buscarla para llevarla a la escuela.
Durante el recreo, entre risas y carreras, Evalú abrió su lonchera. Y allí, entre su emparedado de jamón con queso y una cajita de jugo, algo la hizo detenerse: unos besitos de chocolate envueltos en papel plateado y una tarjetita. La leyó: ¿Qué pasas demasiado tiempo haciendo?
Sintió cómo todo a su alrededor se desdibujaba. Un zumbido dulce, como el aleteo de mil mariposas, la envolvió. Y de repente, otra vez… se descubrió en el bosque.
Pero no en cualquier parte. Esta vez, no vio flores ni conejos blancos. Estaba en un espacio amplio y luminoso, rodeado de árboles altos con hojas que susurraban cosas que no entendía. El suelo parecía moverse con suavidad bajo sus pies, como si el bosque respirara. Al centro, una piedra plana y redonda. A su alrededor, varios troncos limpios formaban un círculo perfecto. El aire era espeso, no por calor, sino por algo invisible.

—Bienvenida al Claro de Consejo, Evalú —dijo una voz suave. Era Zac A. Corchos, con su andar sereno y mirada profunda.
—¿Dónde estamos? —preguntó Evalú.
—En el lugar donde vienen las preguntas que no caben en la cabeza —respondió él.
Entonces aparecieron Alejo Bombones, con su moño torcido y su canasta de caramelos medio vacía, Esteban Dido Risueño, brincando de un tronco a otro y Mara Villosa, dando finas volteretas en el aire sobre todos ellos para lucir los destellos rosados de sus alas.
—¿Qué es este lugar? —insistió Evalú.
—Aquí se habla con el corazón —dijo Mara Villosa, posándose sobre su hombro—. Pero cuidado: todo lo que aquí se dice deja de ser invisible y queda resonando en el aire. Por eso se siente más denso.
—Es que las emociones aquí tienen peso —agregó Alejo Bombones mientras le daba un caramelo—. A veces te pisan los talones y otras veces te levantan.
Esteban Dido Risueño miró hacia arriba, rascándose la cabeza.
—Y nadie entra aquí sin querer de verdad. Si estás aquí… es porque quieres entender algo importante.
Evalú sintió un leve temblor en el pecho. La pregunta de la tarjetita volvió a su memoria.
—Yo… creo que paso demasiado tiempo… pensando —dijo con un hilo de voz.
Zac A. Corchos asintió con lentitud, como pensándoselo dos veces.
—El pensamiento es como el agua: puede calmarte o ahogarte, depende de cómo lo uses.
—¡Yo pienso todo el día! —saltó Esteban Dido Risueño—. Que si me miraron raro… que si me equivoqué en algo… que si debí decir otra cosa… que si dije algo tonto. ¡Y a veces me canso sin haber hecho nada!
—¿Y sabes qué me pasa a mí? —dijo Alejo Bombones— Que a veces me paso el día imaginando respuestas lindas que no me atrevo a decir en voz alta. Como si pensarlas fuera suficiente.
Evalú bajó la mirada. Sentía que todos esos pensamientos también eran suyos.
—¿Y tú qué piensas, Evalú? —preguntó Mara Villosa—. ¿Cuál es el pensamiento secreto que más te visita?
Evalú respiró hondo.
—¿Hoy? Que tal vez… nadie me crea. Que todo este bosque sea un invento. Que si se lo cuento a alguien, se rían y se burlen de mí.
—Como siempre digo… —intervino Zac A. Corchos con suavidad—: No hay pensamiento más valioso que aquel que nadie ve, pero que construye quién eres.
El claro se silenció por completo. Solo el canto de un ave a lo lejos y el crujir de una hoja rompieron la quietud.
—¡Pensar es excelente! —dijo Mara Villosa con convicción—. De lo mejor que hay. Pero cuando solo piensas, te puedes perder el bosque por andar mirando los árboles.
—¿Los árboles? —preguntó Evalú confundida.
—Sí —respondió Alejo Bombones—. Es como cuando miras algo por mucho tiempo y te olvidas de lo que hay alrededor. No todo se piensa. También se siente. Y, a veces, hasta se presiente.
Esteban Dido Risueño se lanzó al suelo, extendido de espaldas.
—Yo a veces pienso tanto que ni escucho lo que otros dicen. Ni siquiera lo que yo mismo siento. Es como tener mucho ruido en la cabeza.
Zac A. Corchos tomó una hoja caída y se la entregó a Evalú.
—Escribe en ella tu pensamiento secreto. No para esconderlo, sino para verlo con nuevos ojos.
Evalú dibujó un pequeño bosque con un corazón en el centro. Lo mostró a todos.
—Este es mi pensamiento. No sé bien cómo explicarlo, pero creo que el bosque está dentro de mí —proclamó Evalú, señalándose el pecho.

En eso acabó el recreo y Evalú se encontró de vuelta en su salón de clase.
Se acercó a Mariví y supo que las mejores amigas son para compartir los pensamientos más secretos. Y así lo hizo.
—¡Ojalá algún día pueda acompañarte a visitar tu bosque! —le respondió Mariví, absolutamente convencida de que lo que acababa de escuchar era la pura verdad.
Al regresar a casa, ya en la noche, hizo una videollamada con Monini.
—¿Sabes qué descubrí, abuelita? —le preguntó Evalú con los ojos brillantes por la emoción.
—Dime, Princesa.
—Que paso mucho tiempo pensando. Y que los pensamientos son invisibles, a menos que uno los comparta. Y eso está bien. Por eso tengo que aprender a pensar bonito y a compartir mis pensamientos sin tener miedo. Porque eso también se entrena. Así que hoy practiqué con Mariví. Después de todo, para eso están los mejores amigos, para confiar en ellos.
—Esa es una sabiduría enorme —respondió Monini con ternura—. Por eso, hay un regalito esperándote debajo de tu almohada.
Evalú corrió a su cuarto y, al levantar la almohada, encontró un cuaderno precioso.
La portada decía: “El bosque de Evalú”.
Lo abrazó fuerte.
—Este será mi diario. Aquí escribiré mis pensamientos invisibles… para que aprendan a volar sin miedo.
Moraleja:
«Más interesante que lo que la gente dice es su pensamiento secreto, y esto es lo que importa conocer».


