La alarma de la imaginación

La tarde del miércoles 23 de abril, el cielo bostezaba con nubes juguetonas. Evalú regresó de la escuela, terminó su almuerzo y, tras cambiarse el uniforme, se recostó en el sofá. Pero ni la televisión, ni sus juegos, ni su casa de Barbies lograban animarla.

—Estoy aburrida —dijo con un dramático suspiro.

Con igual desgano, acarició a sus perritas, Atari y Ninja. Ya empezaba a sentirse de mal humor cuando escuchó que su mamá regresaba del trabajo. Apenas apareció por la puerta, notó su desánimo:

—¿Y esa carita? —preguntó, sentándose a su lado.

—Estoy ABURRIDA… con letras gigantes —dijo, dibujando con el dedo en el aire.

—¿Y qué piensas hacer con todo ese aburrimiento?

—Nada. Por eso es tan aburrido. —En ese momento, notó que, detrás de su mamá, venía Monini, a paso más lento, cuidando sus rodillas.

—¡Mi Princesa! ¿Cómo te fue hoy?

—Aburrida, abue. Muy aburrida.

—¡Qué suerte! —dijo Monini, divertida—. El aburrimiento es el lugar donde nacen las mejores ideas.

—¡Eso no es lo que me dijo mi otra abuela! —refutó Evalú con marcado fastidio—. Ella dice que aburrirse es muy, muy malo.

—Ah… —intervino la mamá desde el suelo—. Esta es una conversación interesante.

—¿Cuál? —preguntó Evalú.

—La de las cosas que no son ni buenas ni malas, sino que dependen de lo que uno haga con ellas. El aburrimiento, por ejemplo, puede ser una gran oportunidad para inventar algo y divertirse. O una excusa para quedarse sin hacer nada útil y sentirse de mal humor. Todo depende de cómo tú lo transformes.

Evalú se quedó callada un momento. Con una mueca, miró su estante de juegos, los juegos de mesa desordenados, su diario del bosque, y luego volvió la vista a Monini.

—Abue, si tú no supieras que estoy aburrida, ¿qué me preguntarías hoy?

—Creo que hoy te preguntaría: ¿Qué te hace perder la noción del tiempo?

Evalú repitió la frase en voz baja.

—»Perder la noción del tiempo…» ¿Qué significa eso?

—Significa que estás tan concentrada en algo, tan feliz, tan conectada, que ni te das cuenta de la hora. El tiempo vuela sin que lo sientas. A mí, por ejemplo, me pasa cuando leo un buen libro, veo una película o me pongo a escribir.

—Ahhh… —murmuró Evalú, interesada—. ¿Y tú crees que si me voy a pensar al bosque, los animalitos me ayuden a entender mejor por qué es que a veces me aburro?

—Por supuesto. ¡Sin duda! Recuerda anotar y contarme lo que descubras.

Subió corriendo a buscar su piedrita mágica, se echó en la cama y la sostuvo entre las manos.

—Quiero entender qué me hace perder la noción del tiempo… no quiero estar aburrida.

Poco a poco, la piedra comenzó a calentarse. Una corriente de aire le acarició el cuello, y cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en su cuarto. Frente a ella se alzaba la entrada de una cueva silenciosa, rodeada de musgo verde y piedras planas. Sobre la entrada, un cartel de madera tallado decía: “La Cueva del Reposo”

Y justo al borde del camino, avanzando con esfuerzo, pero sin detenerse, marchaban cientos de hormigas en una impecable y organizada fila. Cada una cargaba un trocito de hoja más grande que ella misma. Evalú las observó, fascinada.

—¡Qué esfuerzo! —exclamó.

Una voz grave y tranquila, le respondió desde la sombra de un árbol cercano:

—Pero no lo hacen solo por trabajar. Lo hacen porque saben que al final, tendrán algo que compartir.

Evalú se giró, buscando a quien había hablado.

Desde la sombra surgió una figura robusta, de andar lento pero firme, con un cuerpo cubierto de pelaje oscuro y una expresión serena que inspiraba respeto inmediato. Tenía los párpados algo caídos y la voz pausada, como si cada palabra fuese elegida con mucho cuidado.

—¡Wow, me asustaste! Tú sí que eres grande… me recuerdas a Monini. —Se rió de su propia ocurrencia: grandote como mi abuelita—. ¿Quién eres? —preguntó Evalú.

—Mi nombre es Otto Reposo. Vivo aquí y soy el guardián de la calma, porque cuido de los ritmos del bosque. Del ritmo del cuerpo… y del ritmo de la mente.

—¿Ritmos?

Otto Reposo asintió, y con una de sus grandes patas señaló a las hormigas.

—Ellas tienen un ritmo perfecto. Se mueven cuando tienen que moverse. Descansan cuando han terminado. Por eso siempre logran lo que se proponen.

—¿Y qué pasa si no tengo ganas de hacer nada?

Otto Reposo se sentó con calma sobre una roca musgosa y la invitó a hacer lo mismo. Evalú lo escuchó atenta.

—Eso no es malo, Evalú. No tener ganas también tiene su razón. A veces el cuerpo necesita reposo. No somos máquinas. Ni tú, ni yo, ni nadie. Lo importante es saber escuchar al cuerpo. Si está cansado, se reposa. Si está inquieto, se mueve. El equilibrio está en saber cuándo hacer qué.

—¿Y qué pasa cuando una se entretiene tanto que se olvida del tiempo?

Otto Reposo sonrió.

—Eso es mágico, niña. Pero también es un espejo. Porque hay cosas que te hacen perder la noción del tiempo para bien, como conversar, jugar, crear, aprender, ayudar… Y hay otras que te la hacen perder para mal, como quedarte pegada horas y horas frente a una pantalla sin pensar, sin moverte, sin inventar nada.

—¿Entonces la tecnología es mala?

— No es mala. Todo depende de cómo y cuánto la uses. Si solo consumes lo que otros hacen, sin crear nada tú, estás dejando que tu cerebro se ponga perezoso y deje de funcionar bien.

—¡Eso también me lo dijo mi mamá! —exclamó Evalú—. Que lo bueno o lo malo depende de lo que uno haga con eso.

Otto Reposo asintió con solemnidad.

—Sabia tu madre. Y muy cierto. Mira a las hormigas otra vez.

Evalú dirigió su mirada a la colonia. Una fila regresaba vacía, lista para buscar más hojas. Otra fila llegaba cargada. Algunas se detenían a ayudar a otras. No hablaban, pero su trabajo conjunto era como una danza silenciosa.

—No tienen juguetes. No tienen pantallas. ¡Y no están aburridas! —dijo, sorprendida.

—Exacto. Porque tienen propósito. Y cuando encuentras algo que te gusta hacer y lo haces bien, el tiempo… se escapa feliz.

Evalú se quedó un rato en silencio. Observaba las hormigas, escuchaba el susurro del viento dentro de la cueva, sentía la presencia tranquila de Otto Reposo a su lado. El bosque, aunque quieto, parecía susurrar algo invisible. Respiró hondo, como tomando impulso, y le contó:

—A veces me aburro, Otto Reposo. Y no sé qué hacer. Entonces me enojo o me quejo, esperando que alguien me entretenga.

Otto Reposo levantó las cejas, sin apuro.

—¿Y está mal aburrirse?

—No sé. Monini me dijo que aburrirse es bueno, porque así me toca inventar cosas nuevas para entretenerme. Pero mi otra abuelita me dijo que aburrirse es muy, muy malo. ¿Será por la misma razón?

Otto la miró con ternura. —¿Y qué dice tu corazón?

—Mi corazón… dice que a veces me aburro y no quiero inventar nada. Pero también dice que otras veces, cuando no tengo nada que hacer, ¡se me ocurren ideas buenísimas! Como cuando le doy voces a mis Barbies para que tengan muchas conversaciones mágicas. Cuando juego con ellas, tengo que inventarles historias.

Otto Reposo sonrió, complacido.

—Ya lo vas entendiendo. El aburrimiento no es el enemigo. Es como una campanita interior que te avisa: “¡Hey, algo nuevo está por comenzar!”

—¿Como una alarma de la imaginación?

—Exacto. ¡Qué bonita forma de decirlo! —rió Otto Reposo, con una voz grave que retumbó como un eco en las paredes de la cueva—. El aburrimiento es una invitación. Y tú decides si la aceptas o no.

En ese instante, llegó Alejo Bombones, con hojas en la cabeza a modo de sombrero y acompañado por varios hermanitos.

—¡Evalú! ¡Ahí estás! —dijo Alejo—. ¡Estamos inventando un juego con las hojas de las hormigas! Les ponemos nombres y jugamos a que son barcos que cruzan un río.

Evalú los miró, encantada. Se le encendió una chispa en la mirada. Corrió hasta donde estaban y, sin dudarlo, se sumó al juego. Empezó a narrar una historia en voz alta:

—Esta hoja se llama Doña Albahaca. Es valiente, pero a veces se pierde en los remolinos del río. Esta otra es su hermano, Don Romero… cuando lo sacude el viento, su aroma se siente en todo el bosque.

Rieron, jugaron, inventaron reglas nuevas. Otto Reposo los observaba desde la entrada de la cueva, con ojos satisfechos de aprobación. Terminado el juego, los colores del atardecer comenzaban a aparecer entre las ramas. Con gran asombro en su rostro, Evalú se reconectó con su entorno.

—Ni me di cuenta del tiempo. ¡Uy! me tengo que ir ya. Mi papá debe estar por llegar para llevarme a Taekwondo —les dijo a todos, despidiéndose apurada.

Otto Reposo se acercó con un último consejo:

—Cuando te sientas aburrida, busca algo que hacer y no pienses en más nada que en pasarlo bien.

—Gracias, Otto Reposo. Me encantó conocerte.

Esa noche, ya en pijama, Evalú seguía pensando en todo lo vivido en la Cueva del Reposo. Bajó a reunirse para cenar con sus papás y Monini. De pronto, tenía mucha hambre.

—¡Hola, Princesa! —saludó Monini desde la cocina, donde se servía una taza de café.

—¡Hola, Monini! Ven para contarte. Hoy estuve en un lugar nuevo: ¡la Cueva del Reposo! Y conocí a Otto Reposo, un oso gigante que me recordó a ti porque nunca tiene prisa, pero sabe muchísimo. Y también vi a las hormigas que viven cerquita de allí… ¡y no se aburren nunca!

—¿Y tú? ¿Te seguiste sintiendo aburrida hoy?

—¡Sí! Pero fue bueno. Porque después me puse creativa. Inventé un juego con Alejo Bombones y sus hermanitos, y… casi se me pasa la hora de regresar a casa antes que mi papá me recogiera. Y eso fue una corredera.

—Entonces descubriste que el aburrimiento puede ser el principio de algo divertido.

—Y… mamá también me dijo algo importante. Que hay cosas que pueden ser buenas o malas dependiendo de lo que uno haga con ellas. El aburrimiento, por ejemplo. Si me pone de mal humor o me enojo, es malo. Pero si invento o busco qué hacer y lo disfruto, ¡es buenísimo!

—¡Exacto! —asintió Monini—. Como anotar todo esto en tu diario. Para guardar cada uno de esos descubrimientos. ¿Ya escribiste hoy?

—Todavía no —dijo Evalú—. Pero lo haré ahora mismo para contestar tu pregunta: me hace perder la noción del tiempo todo lo que nace del aburrimiento bien aprovechado.

Moraleja:

«Busca siempre un quehacer; cuando lo tengas no pienses en otra cosa que en hacerlo bien».

Tales de Mileto

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