Buenas intenciones, grandes enredos

Para Evalú, el sábado 26 de abril comenzó como casi todos los sábados: alistándose para asistir a su curso de natación. La clase estuvo divertida como siempre —aunque el agua, un poco fría—, y al regresar a casa, no podía dejar de hablar sobre su fiesta del día anterior.

—¡Hola, Monini! ¿Cómo sigues del resfriado?

—¡Mi Capibara hermosa! —respondió Monini, con voz más animada—. Mucho mejor, gracias por preguntar. ¿Cómo quedó la fiesta?

Evalú se sentó en el sofá, cruzando los pies.

—¡Monini, fue increíble! Decoraciones, pizza de jamón, pastel de chocolate… —le decía por videollamada mientras se secaba el cabello—. Vinieron todas mis amigas… bueno, todas menos Mariví, que no pudo porque tenía un evento familiar. Eso me puso un poco triste … pero le guardé su vaso de capibara. Se lo daré el lunes en el colegio.

Monini asintió con ternura.

—Eso fue muy lindo de tu parte. Y… ya que hablamos de gestos bonitos, quiero dejarte pensando en algo.

—¿Qué pregunta me toca hoy?

Monini soltó una carcajada.

—¿Qué acto de bondad al azar podrías realizar en este momento?

—¿Azar? ¿Qué es el azar, abuelita?

—Cuando algo sucede por casualidad. Como que Mariví tuviera dos eventos el mismo día, a la misma hora y solo pudiera ir a uno.

Evalú se quedó callada. Sus dedos jugaban con la punta de la toalla mientras pensaba en una respuesta… que no encontró.

Más tarde, después de almorzar, se recostó un rato en su cama. Tenía esa sensación de querer hacer algo… pero no saber bien qué. Entonces, como tantas veces antes, abrió su cofrecito de madera, tomó su piedrecita mágica entre las manos, cerró los ojos y murmuró:

—Quiero saber qué acto de bondad podría hacer ahora mismo.

Como ya era costumbre, el viento entró suave por su ventana. Al abrir los ojos, Evalú estaba de pie en El Claro de Consejo. Pero algo era distinto esta vez.

—Algo está mal —se dijo—. Prestó atención y notó que no escuchaba el murmullo familiar del bosque, siempre lleno de cantos y risas. En cambio, un estruendoso bullicio hería sus oídos, con lo que parecía una conversación de muchas voces tensas que se interrumpían unas a las otras, hablando todas a la vez…

—Y no suenan para nada contentas —concluyó.

En lugar de estar tranquilos o conversando con alegría, los animalitos del bosque estaban divididos en dos grupos. Al centro, Otto Reposo y Esteban Dido Risueño discutían. Bueno… lo que se podía llamar discutir con sus personalidades tan dispares.

—¡Pero lo lastimaste, Otto Reposo!
—¡Solo quise ayudar!
—Siempre haces las cosas a lo bruto.
—¡No digas eso!
—¡Eso no fue justo!

Evalú se detuvo, a unos pasos del Claro de Consejo. Nadie la había notado. Nadie se había girado a saludarla. Las voces se elevaban una sobre otra, cada vez más fuertes y molestas. Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de entrar.

Aun así, dio un paso. Luego otro. Y otro.

Evalú miró a su alrededor. En el centro estaban Otto Reposo y Esteban Dido Risueño. Mara Villosa sobrevolaba el claro sin tomar partido, observando con atención. Los otros animalitos estaban divididos a los lados, con gestos y frases que defendían a uno o al otro.

—¡Yo solo quería ayudarte! —rugía con voz profunda y preocupada Otto Reposo, el oso más fuerte y tranquilo del bosque—. Estabas colgado de ese árbol y creí que ibas a caer. Te tomé del lomo con cuidado. ¿Qué más podía hacer?

—¡¿Con cuidado?! Me doblaste una pata al bajarme tan rápido —protestó Esteban Dido Risueño, visiblemente molesto, en lo que se armaba un vendaje hecho con hojas suaves—. Me dolió muchísimo y ahora no puedo trepar igual. ¡Me asustaste más que la caída!

—¡Silencio! ¡Ya basta! —dijo Evalú, alzando la voz con firmeza y dulzura—. ¿Qué está pasando aquí?

El silencio cayó de golpe. Todos la miraron, sorprendidos. Algunos bajaron la cabeza. Vera Distancia dio un paso atrás con incomodidad.

—Evalú… —empezó Mara Villosa—. No te habíamos visto llegar.

—Eso noté —dijo ella, dolida pero sin enojo—. Entré y nadie me saludó. Solo los oía discutir. Me dio miedo. Pensé que algo muy grave había pasado.

—Evalú, ¿tú qué piensas? —preguntó Alejo Bombones.

—Sí, dinos qué harías tú —añadió Vera Distancia.

—¡Tú siempre sabes qué decir! —dijo Esteban Dido Risueño, confiado.

De pronto, Evalú sintió que dudaba. No quería decepcionar a ninguno. Todos eran sus amigos. Todos tenían algo de razón. Pero ¿y si elegía un lado y el otro se enojaba?

Suspiró y se sentó en la piedra redonda del centro del claro. Algo dentro de ella sabía que no quería tomar partido ni decidir… sino ayudarlos a entenderse.

—Yo… yo no sé todavía —admitió—. Pero quiero escucharlos. ¡A todos!

Los animalitos se miraron entre sí. Diligentes, se ordenaron en círculo.

—¡No exageres, Esteban Dido Risueño! —intervino Inés Crupulosa retomando la discusión, con el ceño fruncido—. Otto Reposo solo actuó rápido e hizo lo que cualquiera hubiera hecho. ¿Qué más esperabas que hiciera? ¿Qué te dejara caer?

—Pero no todos tenemos la fuerza de Otto Reposo —dijo Alma Naque con calma—. Hay que tener cuidado cuando uno interviene.

—¡Eso no justifica que lo lastimara! —intervino Alma Naque con calma, desde una rama baja del gran árbol central—. Hay que tener cuidado cuando uno interviene. La intención fue buena, pero hay que considerar el resultado también. Otto Reposo es fuerte, pero no siempre sabe medir su fuerza.

—Yo estoy con Otto Reposo —dijo Alejo Bombones, el conejo inquieto—. Siempre ayuda a todos. A mí me sacó una vez de una madriguera embarrada.

—Yo creo que los dos tienen razón —murmuró Vera Distancia, la puercoespín, desde un borde del claro—. Pero… también entiendo el miedo de Esteban.

—¿Y tú, Evalú? —preguntó Zac A. Corchos, el ciervo, dando un paso al frente—. ¿Qué opinas?

El Claro de Consejo por fin quedó en silencio. Solo se oía el canto lejano de un ave. Evalú sintió otra vez cómo todos la miraban, esperando su veredicto. Su corazón latía rápido. Todos eran sus amigos. Todos tenían motivos válidos. ¿Y si elegía un lado y hería al otro?

—No sé qué decir —confesó—. No quiero decepcionarlos.

Mara Villosa bajó revoloteando hasta posarse sobre su rodilla.

—Evalú, recuerda lo que aprendiste: no siempre hay una sola verdad. A veces, más importante que tener razón… es elegir hacer el bien.

—¿Y si no sé cuál es el bien en este caso?

—Entonces, pregunta. Intenta ver más allá del enojo. A veces, el primer paso de la bondad es querer entender.

Evalú inspiró profundo. Se levantó y fue hacia Esteban Dido Risueño.

—¿Qué fue lo que más te dolió? —preguntó.

—Me asusté mucho —dijo Esteban Dido Risueño, aún sensible—. Sentí que me aplastaban. Y que nadie creyó que de verdad me dolía. Otto Reposo no me preguntó si estaba bien. Solo me bajó y se fue.

Entonces caminó hacia Otto Reposo.

—¿Y tú? ¿Qué sentiste?

—Temí que se cayera. No lo pensé mucho. Solo actué. Pero no quise hacerle daño.

Evalú volvió al centro del claro.

—Entonces creo… que ninguno de los dos quiso herir al otro. Pero sí se hicieron daño. No por maldad; por no comunicarse. Y si me toca a mí hacer algo… quiero proponer que se perdonen. Porque cuando uno hace daño, aunque sea sin querer, entonces hay que disculparse.

Otto Reposo bajó la cabeza.

—Tienes razón, Evalú. Esteban Dido Risueño, lo siento. Debí preguntarte cómo estabas.

Esteban Dido Risueño asintió, algo más calmado.

—Y yo siento haberte gritado. Me asusté. Pero sé que querías ayudar.

Poco a poco, los demás animalitos comenzaron a relajarse. Algunos se acercaron a abrazarlos. Alma Naque dijo con voz sabia:

—Hoy todos aprendimos algo importante.

Poco a poco, el ambiente del Claro de Consejo cambió. Como si el aire se aligerara. Como si las ramas se estiraran un poco más hacia el cielo. La brisa volvió a soplar y Evalú supo que era hora de regresar.

Ya en casa, al caer la tarde, Evalú tomó el vaso con el capibara sonriente para Mariví y de una vez supo la respuesta a la pregunta esa sobre el azar que le hizo Monini.

—Mamá… ¿puedo invitar a Mariví a jugar mañana en casa? No quiero esperar hasta verla en el colegio.

—Claro que sí —respondió su mamá—. ¿La vas a sorprender con algo?

—Sí. Este vaso, dulce de chocolate… y una tarde de juegos solo para ella.

Esa noche, en su diario, Evalú escribió:

«Hoy aprendí que no siempre es fácil tomar una decisión. A veces, uno se equivoca, aunque tenga buenas intenciones y eso no significa que debamos dejar de intentarlo. Otras veces hay que actuar por bondad, aunque uno se sienta incómodo o confundido. No siempre sabré lo que siento, pero sí puedo decidir hacer lo correcto.  Incluso si hacer el bien no siempre logra que las cosas salgan bien, puedo ser buena amiga, escuchar y celebrar cada gesto bonito. Hoy, eso fue lo que hice».

— Porque no siempre debo tener la razón… pero sí puedo elegir hacer el bien.

Moraleja:

«No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes, pero si puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes».

Pearl S. Buck

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