El martes 22 de abril comenzó con anticipación. Evalú se despertó más temprano que de costumbre, entusiasmada porque algunos personajes del circo que había llegado a la ciudad, visitarían su colegio y hasta regalarían tiquetes para sus funciones. Payasos, equilibristas, malabaristas, domadores, magos… y hasta un adivino.
—Mamá, ¿tú alguna vez conociste a un adivino? —le preguntó Evalú esa mañana durante el desayuno, mientras ambas saboreaban un chocolate caliente.
—No que recuerde, no —respondió con una sonrisa— «aunque he conocido a muchos que aseguran poder ver el futuro», pensó riendo por dentro.
—Por qué lo preguntas, hija?
—Quiero aprender cómo hacen para ver el futuro. Si yo pudiera hablar con uno, creo que le haría una pregunta muy difícil —dijo pensativa.
—¿Cuál?
—No sé todavía. Pero… ¿sabes qué? Mejor dime tú primero, mamá: ¿qué le preguntarías tú a un adivino?
Su mamá apoyó la cucharita en su platito, se quedó pensando y le respondió con un guiño juguetón:
—¡Ya sé! Le preguntaría… ¿cuál es esa pregunta difícil que Evalú le hará al adivino más tarde?
La niña se rió por la travesura verbal de su mamá y se prometió pensarlo durante el día.
Más tarde, en la escuela, el ambiente era una mezcla de risas y emoción. Cada salón armaba pequeñas representaciones sobre distintos personajes circenses. Evalú y sus compañeros preparaban disfraces improvisados con papel, cintas de colores y escarcha y los payasos no paraban de bromear al intentar ponérselos. Cuando le llegó su turno, el mago hizo aparecer flores de una caja vacía, monedas detrás de las orejas y, como cierre, pidió un voluntario para su último acto.
—Tú, Evalú. Ven, por favor.
Con algo de nervios, ella caminó hasta el frente del salón. El mago le pidió que extendiera su mano derecha y cerrara sus ojos. Por arte de magia, colocó algo muy pequeño y liviano en su palma. Sintió un cosquilleo familiar y abrió los ojos sorprendida. Era una piedrecita suave, con un tono rosado pálido y una textura marmoleada y vidriosa.

—Esta piedra no es un truco —le susurró el mago con voz baja, como si supiera más de lo que decía—. Es una llave. Pero solo te dejará abrir y entrar si tu pregunta es sincera.
Sonó el timbre del recreo, dando por finalizada la velada. Evalú no paraba de mirar la piedrita que guardaba con cuidado en el bolsillo de su falda. Su temperatura era tibia, como si respondiera al calorcito de su mano. Abrió su lonchera, aunque en realidad no sentía hambre. Volvió a sacar la piedra y la observó con atención.
—¿Qué pregunta le harías a un adivino? —se dijo en voz baja.
Y como si la piedra hubiese estado esperando ese momento exacto, Evalú escuchó el sonido de una puerta al abrirse. Sus ojos se nublaron por un instante y el sonido de los niños se desvaneció. Un zumbido profundo llenó el aire. Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en el colegio.
Estaba en el bosque. Pero como en otro sitio, porque no lucía como las veces anteriores.
La luz era diferente. No era de día, pero tampoco de noche. Era ese momento mágico entre ambos: el crepúsculo. Los colores del cielo eran de un morado suave con pinceladas de rosa coral. El aire estaba tibio y olía a hojas húmedas, como si acabara de lloviznar. Todo brillaba un poco más de lo normal y, a lo lejos, escuchaba chapoteos suaves, como si alguien jugara en el agua.
—Hola otra vez —dijo una voz aguda.
Esteban Dido Risueño apareció de entre los arbustos, con una hoja gigante sobre la cabeza y los pies llenos de lodo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Evalú.
—¡Bienvenida a la Laguna de las Emociones!
—¿Y qué se hace aquí?
—Se siente, se flota, se juega, se piensa, se calla y a veces… se comprende.
Esteban Dido Risueño la llevó hasta la orilla. En el agua, una familia de animalitos nadaba en silencio, con movimientos tranquilos, sin apuro, entre los juncos. Había al menos seis. Los más pequeños nadaban alrededor como si jugaran a las escondidas entre las burbujas. Todos tenían una expresión de total paz. Algunos los saludaban con suaves chillidos, otros solo flotaban, felices. Uno más grande que los demás se le acercó y la miró sin miedo. Tenía los ojos más serenos que Evalú jamás había visto.

—¿Qué son? —preguntó casi en un susurro.
—Son capibaras. —explicó Esteban Dido Risueño—. Ellos vienen todos los años en esta época. Y siempre se quedan unos días en la Laguna de las Emociones. Dicen que el agua aquí los entiende. No hacen ruido, no se meten con nadie. Se llevan bien con todos, hasta con los pájaros que se les suben encima.
—¿Y por qué se van?
—No lo sabemos. Solo aparecen, nos recuerdan cómo se ve la bondad, y luego siguen su camino.
—Son muy lindos. ¿De verdad se quedan aquí solo unos días? —preguntó Evalú, hipnotizada por la escena.
—Sí —contestó una nueva voz, suave y distante—. Ellos no pertenecen a este bosque, pero son bienvenidos siempre. Los capibaras no le hacen daño a nadie. Son puro corazón.
Evalú se volteó. Frente a ella estaba una criatura que no había visto nunca. Un elegante búho hembra, de plumaje gris con tonos violetas en sus alas, la observaba con serenidad desde la rama de un árbol.
—Hola… —dijo Evalú con timidez—. ¿Quién eres?
—Me llamo Alma Naque. Algunos me conocen como la guardiana del bosque interior. Pero solo me presento cuando alguien hace preguntas difíciles. Y tú, sin saberlo todavía, haz hecho una pregunta muy grande: ¿Por qué no todas las personas son buenas?
—Es que… yo quiero saber por qué hay gente que es mala. Que hace daño. En la escuela estamos viendo personajes del circo y pensé en los adivinos. Yo le preguntaría a uno… ¿por qué no todos pueden ser buenos? ¿Por qué hay personas que maltratan a otras? ¿O países que atacan a otros países? Aquí en el bosque, todos parecen llevarse bien… pero allá afuera no siempre es así.
La brisa se detuvo. Todo el bosque pareció escuchar.
Alma Naque bajó de su rama con suavidad y posó sus grandes ojos sobre Evalú.
—Es una pregunta muy sabia. Porque todavía están aprendiendo. Y tú, con esa pregunta, también estás ayudando a que aprendan —respondió Alma Naque—. La bondad no se impone, se contagia. Y, como siempre digo, así como se ve el mal, también se ve el bien. Observar la bondad en los animales, como los capibaras, es un buen comienzo. ¿Sabías que son de los animales más pacíficos del mundo?
—¿En serio? —preguntó Evalú.
—Sí —dijo Esteban Dido Risueño—. ¡Y son los roedores más grandes que existen! Son como un primo gigante de los conejillos de Indias.
—Viven en grupos grandes y nunca pelean —añadió Alma Naque—. Pueden convivir con pájaros, tortugas, monos… todos los animales los respetan porque nunca buscan hacer daño. Vienen, se bañan, comparten. Son juguetones y generosos con su espacio. ¿No te parece eso genial?
Evalú asintió, mirando a los capibaras con una nueva admiración. Del otro lado de la laguna, caminando con paso firme y gentil, se acercaban tres nuevas figuras. Esteban Dido Risueño las presentó con una sonrisa orgullosa.
—¡Llegan justo a tiempo! Evalú, estas son unas amigas: Vera Distancia, que sabe todo sobre la confianza, e Inés Crupulosa, experta en astucia… y sus peligros.
Primero se adelantó una figura de andar pausado, con púas suaves y brillantes que reflejaban los colores del cielo al anochecer. Tenía ojos curiosos, pero mantenía siempre un espacio de separación prudente.
—Hola, Evalú —dijo con voz firme pero amable—. Soy Vera Distancia. Me gusta observar antes de confiar. Porque, aunque todos somos amigos aquí, a veces es importante ir despacio. La confianza es algo que se gana, y también se cuida. Mi lema es: no desconfío por miedo, sino porque valoro lo que confío. A veces hay que dudar, Evalú. No todos son bondadosos, pero si no aprendes a confiar en alguien, te sentirás sola.
—Mucho gusto, Vera Distancia —dijo Evalú, con una formalidad respetuosa.
Detrás de ella venía una joven zorra de pelaje cobrizo, con un destello astuto en los ojos y una sonrisa que, al igual que la del mago, parecía conocer más de lo que decía.
—¡Encantada, Evalú! —dijo dando una pequeña reverencia—. Me llamo Inés Crupulosa. Sí, sí, soy una zorra… y no me ofende que algunos digan que somos taimadas. Pero como siempre digo: la astucia sin valores es solo un disfraz bonito para algo feo. Por eso hay que saber cuándo ser lista, y cuándo ser buena. Las dos cosas no se contradicen si se usan bien. Y yo… bueno, yo sé que pensar rápido y buscar ventaja puede ayudar, pero si no cuidas a los demás, eso se vuelve crueldad. La astucia sin respeto es un arma peligrosa.
—Entonces… ¿cómo sé quién es bueno o no?
—Observa cómo tratan a los animales —dijo Alma Naque—. Nadie que sea cruel con un ser indefenso será bueno con otro humano. Por eso me gustas tú, Evalú. Porque te haces preguntas buscando ser mejor, y eso cambia el mundo.

—Ustedes son… diferentes —dijo Evalú, pensativa—. Me gusta que cada uno tenga su forma de ver las cosas.
—Eso es lo importante del bosque —dijo Alma Naque—. Aquí nadie es perfecto, pero todos buscan aprender del otro. Y cuando alguien usa su inteligencia para ayudar, su distancia para proteger, su ternura para comprender… entonces el bosque florece.
—Eso me hace pensar otra vez en lo que le preguntaría a un adivino —dijo Evalú—. Si él pudiera ver el futuro, ¿me diría si los humanos alguna vez dejarán de hacerse daño?
—Esa es una gran pregunta —respondió Vera Distancia—. Y quizá el adivino no tenga la respuesta. Pero tú sí puedes hacer algo.
—¿Yo?
—Claro —dijo Inés Crupulosa—. Cada vez que decides ser buena, justa, compasiva, estás haciendo algo contra la crueldad. Las cosas grandes empiezan con cosas pequeñas.
El cielo se estaba tiñendo de anaranjado y Evalú comenzó a sentir que era hora de irse. En el bosque, el crepúsculo tenía algo especial: los colores no solo se veían, también se sentían. Esteban Dido Risueño, que había estado escuchando en silencio, se acercó.
—Evalú… ¿antes de que te vayas, ya escogiste el tema para tu fiesta de cumpleaños?
La niña sonrió de inmediato, mirando hacia los capibaras que seguían nadando tan plácidos en la laguna.
—¡Ya sé! ¡Será de capibaras!
Todos rieron y asintieron. Alma Naque abrió grande sus ojos y alabó su sabiduría.
—¡Maravilloso! ¡Celebrar la bondad es una forma de sembrarla!
Antes de marcharse, Evalú se detuvo en el árbol del Claro de Consejo. Puso la mano sobre su corteza rugosa.
—Árbol… ¿cómo puedo ayudar a proteger el mundo de la maldad? Las ramas crujieron como si susurraran entre ellas, y una hoja descendió flotando hasta su mano. En ella decía: Sé buena. Y hazlo visible.
—Es para tu diario —dijo Alma Naque detrás de ella—. El árbol siempre responde… si uno está dispuesto a escuchar sin prisas.
Y justo así, como si sus pasos no hicieran ruido, Evalú se encontró otra vez en su salón de clases, sentada en su pupitre, con una gran sonrisa en los labios y la hoja que le había regalado el árbol, más la piedrita, aún en su mano.
Esa noche, ya en pijama, recibió una videollamada de Monini.
—Hola, Princesa. ¿Ya pensaste cuál será el tema de tu fiesta de cumpleaños?
—¡Sí! —dijo Evalú con entusiasmo—. ¡Capibaras!
—¿Capi quéee? —preguntó Monini, abriendo los ojos como platos. Evalú le contó todo.
—¡Capibaras! Son como unos chanchitos grandes, pero no lo son. Son roedores gigantes, ¡los más grandes del mundo! Pero lo más importante es que son puro amor. Conviven con todos los animales, no se pelean, no hacen daño, y por eso todos los quieren. Son el ejemplo perfecto de que se puede vivir en paz, ¡aunque seas diferente!
—¿Capibaras, dices? —repitió Monini, asombrada.
—Sí, abuelita. Es como si respondieran sin decir nada. Y he decidido decorar mi fiesta con ellos. Porque me enseñaron que la bondad es algo que se siente, y se comparte, aunque no se diga.
—Vaya, eso sí que no lo sabía —respondió Monini—. Me encanta aprender contigo.
—¡Y yo contigo! —respondió Evalú—. Por eso voy a anotarlo todo en mi diario, antes de que se me olvide.
Corrió a su habitación, abrió su cuaderno y anotó: Hoy aprendí que si uno quiere saber el futuro, debe empezar por sembrar la bondad en el presente. Los capibaras no adivinan el mañana, pero viven como si supieran que la amabilidad siempre regresa.
Y justo antes de dormirse, agregó:
Si pudiera preguntarle algo a un adivino… le preguntaría cómo hacer para que la bondad siempre gane.
Moraleja:
«A veces me preguntan: ¿Por qué inviertes tanto tiempo y dinero hablando de la amabilidad para con los animales cuando existe tanta crueldad hacia el hombre? A lo que yo respondo: Estoy trabajando en las raíces».


