La fiesta del tiempo bien vivido

El viernes 25 de abril, hasta el cielo parecía aún medio perezoso y lo que provocaba era quedarse en cama, durmiendo. Sin embargo, Evalú bajó de su habitación ya lista para la escuela con una sonrisa radiante. Ese día era especial: por fin celebraría su tan esperada fiesta de capibaras, ¡solo para chicas! Doce, para ser exactos. Porque, cumplidos los siete años, ya dejaba de sentirse infante para sentirse pues eso, una chica.

Habían pospuesto la celebración unos días porque este año su cumpleaños había coincidido con el Domingo de Pascua, cuando muchas familias aprovechan para salir de la ciudad. Pero hoy, por fin, ¡había llegado el gran día!

Su mamá lo había planeado todo con esmero: desde el cartel de bienvenida y la ropa que vestiría, hasta los vasos para canastitas y el pastel de chocolate; todo tenía temática de capibaras. Evalú ya se imaginaba a todas sus amigas contentas decorando sus vasos con las calcomanías de capibaras y también anticipaba con emoción el lugar escogido para la celebración: un cuarto de escape en el cual les asignarían una aventura a resolver, siguiendo pistas de colores.

En eso sonó el celular de su mamá. Era Monini.

—¡Monini! ¿A qué hora vienes? —exclamó Evalú al contestar.

—¡Mi Capibara hermosa! —respondió Monini con voz algo ronca y tristona—. Tengo noticias no tan alegres, mi amor. Me he resfriado un poco y debo quedarme en cama hoy. No quiero contagiarte ni a ti ni a tus amiguitas, así que no podré acompañarte esta noche…

—Oh… —El corazón de Evalú se encogió un poco. Le dolía pensar que Monini no estaría en su fiesta.

—Pero no te preocupes —continuó Monini—. Pide fotos, pásalo lindo. Y antes de que se me olvide…

—Dime, Monini —dijo Evalú, sentándose despacio en el sofá, aún con el teléfono en mano.

—Si el dinero no fuera un problema, ¿cómo pasarías tu tiempo? No tienes que responder ahora. Solo piénsalo.

—¿Si fuera millonaria, dices? —preguntó Evalú, parpadeando y frunciendo el ceño, pensativa, porque no estaba del todo segura de cuánto dinero había que tener para decidir qué hacer con el tiempo, ni por qué el no tenerlo podría ser un problema.

—Algo así. Imagina que cada vez que quieres hacer algo, el dinero que necesitas para hacerlo aparece. Nunca falta y nunca se acaba. Pero el tiempo si se gasta y se acaba. Entonces, ¿qué cosas harías? No tienes que responderme ahora —añadió—. Solo piénsalo… y me lo cuentas cuando estemos juntas de nuevo.

Pasadas las tres de la tarde, Evalú regresó de la escuela cansada pero feliz. Le había recordado a todas sus amigas que las esperaba en su fiesta más tarde y todas estaban emocionadas por asistir.

Evalú subió a su cuarto a dejar la mochila y cambiarse de ropa, pero en vez de ponerse a jugar o ayudar con los preparativos, se sentó en su cama, abrió su cofre de madera y sacó la piedrecita mágica que frotaba cuando necesitaba encontrar respuestas verdaderas.

La sostuvo con ambas manos. Cerró los ojos. Y con la pregunta de Monini  bien presente, murmuró:

—Quiero saber cómo pasaría mi tiempo si el dinero no importara.

La habitual ráfaga de viento entró por su ventana nublando su vista y el zumbido familiar del bosque acarició sus oídos dándole la bienvenida. Cuando abrió los ojos, se encontró muy arriba. Muy, muy arriba, en un mirador suspendido en lo alto del bosque, con la vista extendiéndose como una alfombra verde infinita bajo sus pies. Y entonces la vio: una mariposa colorida flotaba con elegancia entre las ramas, danzando con la brisa.

—¡Evalú! —dijo Mara Villosa con su voz musical, deteniéndose con gracia sobre una hoja ancha—. Qué alegría recibirte en Las Copas del Silencio. Este es uno de mis lugares favoritos del bosque.

—¿Las qué? —preguntó Evalú, atónita por la belleza del lugar.

—Las Copas del Silencio —repitió Mara Villosa.

—¿Las copas… como las de beber? —preguntó Evalú, divertida.

—No. Las copas de los árboles. Este lugar está por encima del bullicio, del suelo, de las carreteras. Aquí no se habla fuerte… se escucha. A la naturaleza, a uno mismo… y a todo lo que merece ser contemplado sin prisas.

—Es hermoso. Nunca había estado tan alto —dijo Evalú, maravillada al mirar el paisaje, con aves surcando el cielo a su altura y el viento peinando las hojas.

—Monini te hizo una pregunta muy poderosa —dijo Mara Villosa, agitando sus alas con la suavidad suficiente para sostenerse en el aire—. Y este es el mejor lugar para pensar en eso. ¿Sabes por qué?

Evalú negó con la cabeza.

—Porque desde aquí uno recuerda que el mundo es inmenso. Y que la vida no es solo lo que está cerca. Yo, que viajo con el viento, lo tengo clarísimo: «conocería todo lo que pueda antes de que se me acabe el tiempo.»

Su respuesta quedó tan suspendida en el aire, como ella misma con su aleteo sutil.

¿Porque las mariposas viven poco tiempo?

Mara Villosa asintió.

—Y por eso aprovecho. He volado sobre desiertos y lagos, sobre pueblos con danzas coloridas y niños que bailan en plazas. He visto viejitas en terrazas contar historias a sus nietos con los ojos cerrados. He probado néctares dulces y otros amargos. Y cada viaje me recuerda que hay tanto por aprender… que el tiempo nunca es suficiente, aunque el dinero lo fuera.

—Pero no todo el mundo quiere conocer tantos lugares —interrumpió una voz bajita, algo temblorosa.

Desde detrás de un tronco curvado asomó Vera Distancia, la puercoespín, con sus púas recogidas con mucho cuidado para no rozar a nadie ni nada.

—¡Vera Distancia! —exclamó Evalú, sorprendida de que hubiera subido tan alto—. ¿También viniste a conocer Las Copas del Silencio?

—Vine porque sentí la brisa cambiar… y porque escuché tu pregunta desde abajo. Pero no sé si tengo una buena respuesta.

—Todas las respuestas son bienvenidas —dijo Mara Villosa, gentil.

Vera Distancia se acomodó con esfuerzo en el mirador, evitando mirar hacia abajo.

—A mí me da miedo salir de los lugares que conozco. Cuando era más pequeña, una vez intenté bajar por un camino nuevo y terminé atrapada entre ramas. Me tomó horas salir. Desde entonces… prefiero no explorar demasiado. Me gusta imaginarme el mundo, pero desde donde me siento segura.

Evalú la miró con dulzura. Recordaba lo que Alma Naque les había dicho en el Árbol del Recuerdo: «hay una línea fina entre estar presente y estar encima»… Así comprendió que también hay una línea fina entre cuidarse y limitarse demasiado.

—Pero, Vera Distancia… ¿no crees que hay formas seguras de explorar? —preguntó con voz suave.

La puercoespín bajó la mirada.

—Tal vez… pero no sé por dónde empezar.

—¡Por las patas! —dijo una voz grave y alegre al mismo tiempo, acompañada por el inconfundible sonido de ramas crujiendo.

A paso firme y largo, apareció Zac A. Corchos, el ciervo de patas larguísimas, que caminaba elegante y sereno como si el mundo fuera un mapa plegado.

—Zac A. Corchos, justo a tiempo —dijo Mara Villosa, con una sonrisa luminosa.

—Venía subiendo por el sendero cuando las escuché y apuré el paso —dijo casi sin aliento—. No todos podemos trepar tan alto. Menos mal que las Copas del Silencio llevan sus sonidos a rincones que ni se imaginan. Y cuando Vera Distancia te compartió sus miedos, Evalú, no pude quedarme callado.

—He recorrido bosques, riachuelos y montes. No vuelo, pero mis patas me llevan lejos. También he huido de tormentas y caminado entre nieblas. Y de tanto andar, he aprendido que la belleza del mundo no está solo en los lugares lejanos… sino también en lo que uno es capaz de ver con ojos nuevos, incluso donde ya ha estado antes.

—¡Eso es verdad! —dijo Evalú, con emoción—. Yo he viajado mucho con mi familia. Ya he ido a Curazao, Colombia, México, Estados Unidos, República Dominicana… y me encanta conocer otros lugares y otros climas. Los sabores me cuestan un poco más; bueno… excepto los dulces. ¡Cómo me encantan los dulces!

Todos la escuchaban en silencio.

—Pero también me gusta imaginar lo que no conozco todavía. Como el espacio. Un día le dije a Monini que quiero ser astronauta y ella me mostró el video de un señor Jaime Alemán, que no es alemán, aunque lo parezca, sino panameño. Ha estado en todos los países del mundo, en los polos… ¡y ahora fue al espacio! ¿Se imaginan eso?

Zac A. Corchos asintió lentamente.

—Si el dinero no fuera un problema —continuó— yo haría lo mismo que ya dijo Mara Villosa: «buscaría conocer». No solo lugares, sino también personas, canciones, comidas, formas de decir «gracias». Me detendría a oír cómo ríe un niño en otro idioma, o cómo una abuela bendice el pan en una lengua antigua.

—¡Eso suena hermoso! —dijo Evalú.

—Y lo es. Pero como también dijo Vera Distancia, es incómodo a veces. Hay sitios donde nadie te entiende. Comidas que no te gustan. Caminos que no aparecen en los mapas. Ahí es donde uno aprende de verdad. Porque uno se descubre a sí mismo.

—Si el dinero no fuera un problema, Evalú… yo gastaría mi tiempo aprendiendo de todo lo que no soy. Para así, entender mejor lo que sí soy.

Vera Distancia alzó la mirada. Algo en sus palabras había tocado una cuerda muy íntima.

—¿Y tú… también sientes miedo a veces?

—Claro. Pero el miedo no me impide mover las patas. Me ayuda a decidir por dónde caminar.

Zac A. Corchos se levantó y caminó unos pasos hacia el borde del follaje.

—La experiencia no termina en el viaje, Evalú. Termina cuando se la cuentas a alguien que te escucha de verdad —repitió con suavidad Zac A. Corchos.

—¡Eso quiero hacer yo! —respondió Evalú—. Quiero vivir muchas cosas, aprender de otras culturas, mirar el cielo y la tierra, ¡y luego contárselo a todos! Así como ustedes comparten conmigo lo que piensan y sienten.

Mara Villosa revoloteó a su lado con un suave aleteo y, como por arte de magia, Evalú se encontró llegando a su fiesta, justo cuando su reloj marcó las cinco y media de la tarde.

—¡Wow! —exclamó Evalú—. ¡Esto si está lindo, mamá!

Ya en su fiesta, mientras saboreaban pizza y reían entre juegos, Evalú les preguntó a dónde viajarían si pudieran ir a cualquier parte del mundo. Las respuestas fueron tan diversas como sus amigas: el fondo del mar, el Polo Norte, un concierto de Taylor Swift, o jugar con pingüinos.

Cuando le tocó su turno, Evalú respondió sin dudar:

—¡Al espacio! Para ver la Tierra desde allá arriba y entenderla mejor.

Sus amigas asintieron emocionadas. Una de ellas aprovechó el silencio momentáneo y preguntó:

—Evalú, tú todo lo haces con alegría. ¿Por qué te gusta tanto celebrar?

Ella pensó un segundo y respondió:

—Porque todo lo bonito de la vida merece una fiesta. Los cumpleaños, la Navidad…  Halloween me encanta… el primer día de clases, los reencuentros, hasta cuando uno logra entender algo difícil… ¡todo!

—Además —agregó—, cuando celebramos, estamos diciendo: «esto importa». Y yo creo que hay muchas cosas que merecen ser vistas y festejadas. Aunque sean chiquitas.

Llegó a casa cansada pero feliz y con muchas ganas abrió sus regalos. Había sido una celebración distinta: como si todas sus amigas, sus papás, y los capibaras hubieran convivido con todos los acertijos de colores, los cuentos sobre las experiencias de sus amigos del bosque, sus propios viajes pasados y sus sueños futuros para dar respuesta a la pregunta de Monini.

—Si el dinero no fuera un problema… celebraría cada día, conocería todos los bosques, aprendería de todo el mundo, y luego… lo compartiría.

Abrió su diario y escribió:

«Hoy entendí que todo en esta vida es digno de celebración. No solo los grandes viajes, también los descubrimientos pequeños, los abrazos largos, las palabras bonitas, los días de sol o lluvia. Porque celebrar es reconocer la belleza del mundo… y dejar que nos atraviese».

—Porque lo mejor que uno puede dar… es su asombro.

Se acomodó bajo las cobijas, cerró los ojos, sonriendo y, en un santiamén, se quedó dormida.

Moraleja:

«(…) Daría un largo paseo por el bosque y embriagaría mis ojos con todas las bellezas del mundo de la naturaleza, intentando desesperadamente absorber el gran esplendor que se despliega en todo momento ante lo que pueden ver».

Helen Keller

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